El efecto cucaracha

Por @alexvillac

Poniendo unas cuantas monedas en mi mano, mi madre me dijo -¡Andale, apúrate!, ve al Clavito y trae de ese gis para cucarachas que tiene veneno, ahí preguntas-.

Se refería a la tlapalería llamada El Clavito, atendida amablemente por un señor de la tecera edad, había sido mago en un circo (me contó una vez, o varias, no recuerdo), sorprendía a sus clientes con pequeños trucos de magia; siempre sonriente y siempre dispuesto, nunca supe su nombre, yo le decía Don Clavito.

Regresé presuroso a la casa, le entregué el pedido a mi mamá y le pregunté qué iba a hacer, -tenemos cucarachas y les voy a poner esto para que se mueran- me respondió. Ya llevábamos unos días conviviendo con esos pequeñitos pero poderosos animales, la cocina, al parecer, era su lugar favorito.

Vi cómo mi mamá colocaba el gis en varias partes: marcos de ventanas, puertas, en el piso; miraba hacia otros lados de la casa, iba y venía, planeaba algo.

-¿Qué haces?

-Ponle gis ahí donde estás parado

-Pero aquí no hay cucar…

-Tú ponle

Mi madre selló todas las posibles entradas y salidas que pudieran tener las cucarachas, básicamente, las arrinconó y les cerró la huida. Estaba decidida, iba a acabar con ellas.

Algunas fueron astutas y, de alguna manera, lograron burlar el cerco venenoso, fueron las menos, 3 máximo, el resto desapareció. No volvimos a tener cucarachas en casa. No fue magia, fue constancia.

Mi madre, sin estudios ni especializaciones en seguridad, supo controlar el efecto cucaracha.

Mancera no.

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