JUANDIEGUITO: EL MEXICANO CHIQUITO

Por Juan Miguel Zunzunegui* 
@JMZunzu

Por siglos le han dicho al mexicano que es el resultado de una humillante derrota y dolorosa conquista; de la destrucción del que llamamos “nuestro” pasado prehispánico en manos de los españoles. El mexicano vive desde entonces con la eterna esperanza de que algún día su futuro mejore, aunque no hace nada para provocar dicha situación, y contrario a eso; vive encerrado en el mítico, romántico e hipotético pasado que se ha construido.
Parte de ese pasado, eternamente presente, es la virgencita de Guadalupe; que es, aunque no se quiera ver, entender o aceptar, parte fundamental de dicha conquista. México no existía cuando Cortés piso este suelo, habitado más bien por una amalgama de culturas diversas, con distintos idiomas y religiones, sin un poder central, sin territorios definidos. Esto no era un país.
Y Cortés apareció trayendo con él, no sólo a sus soldados, sino a sus ideas, y desde luego, su religión. La península Ibérica se había unido gracias al catolicismo y era don Hernán un ferviente católico, y además, un fiel devoto a la Virgen de su tierra extremeña: la Virgen de Guadalupe, con la que sustituyó a la Tonantzin madrecita de los indios.
Hoy cuenta la leyenda que la Virgen se apareció a Juan Diego para ofrecerle consuelo, no a él únicamente, sino a todo su pueblo: a los conquistados; consuelo por haber sido conquistados. Pero al mismo tiempo es obvio que la aparición de la madre del Dios católico, reitera que la fe de los conquistadores es la verdadera…, en el fondo, esa virgencita piadosa le dice a los conquistados que está bien que los conquisten…, por la salvación de su alma.
No fue Cortés, sino su Virgen, quien conquistó a los indígenas de Mesoamérica; fue su Virgen la que embelesó a los indios, fue ella quien los acogió dentro del seno del catolicismo, la fe de los conquistadores, fue ella, la madre celestial quien terminó de llevar a cabo esa conquista…, pero eso sí, dando consuelo.
Pero ese consuelo es a Juandieguito, siempre así, en chiquito, el más pequeño de sus hijos, el humilde, el pobre, el indio conquistado. ¿El mexicano es Juandieguito?, ¿somos o queremos ser eso: el chiquito, el pequeño, el humilde? Juan Diego, santo o no, existente o no en la vida real, es el símbolo del conquistado…, el pequeño indio humilde que requiere consuelo de la Virgen.
En México hablamos bonito y nos encantan los diminutivos…, como Juandieguito. Pero puede uno analizar que, en muchas ocasiones nos referimos en diminutivo, sobre todo en ciertas clases sociales, a lo que vemos pequeño, a lo que observamos por arriba del hombro, a lo que ninguneamos. Esa es por ejemplo nuestra forma muy particular de discriminar y ser racistas, aunque sea de forma inconsciente. Mucha gente dice, siempre con tono de ternura: “el indito”, el prietito”, “el negrito”…, precisamente porque los ve así como a Juandieguito; así, poquita cosa.
¿Qué México queremos ser en el siglo XXI? Basta de ser los pequeños, los chiquitos, los humildes, los derrotados, los descendientes de una capitulación…, los que requieren consuelo, y además que éste venga desde el cielo. Ese México será siempre pequeño y jamás llegará a nada.
Pero además ya tendríamos que decir que no somos Juandieguito.¿Vamos a seguir siglos y siglos pretendiendo que somos conquistados, usando ese pretexto para justificar lo que sea?, ¿vamos a esperar eternamente el consuelo de una madre amorosa?, ¿vamos a ser eternamente pequeños, a ser eternamente niños?
Si Juandieguito es el indio conquistado que requiere consuelo, pues muy bien; pero el mexicano de hoy no es hijo de Juan Diego, ni es descendiente del azteca, ni es el indígena conquistado. El mexicano es un mestizo, es la fusión de lo indígena con el español; México ni el mexicano existirían sin el español, por lo que no somos hijos de una derrota.
La virgencita consuela a los conquistados, la madre celestial domó y sometió a los conquistados, los entregó a los brazos de la Iglesia de los españoles y por lo tanto a su dominio; la virgencita consumó la conquista espiritual. La Virgen de Guadalupe, la imagen traída por el mismísimo Cortés, el culto impuesto por el llamado conquistador se convirtió en el máximo culto de los mexicanos.
Desde entonces y hasta el siglo XXI, sin saberlo, muchas cosas se esconden tras la guadalupana: la Tonantzin de los indios, la conquista espiritual, el culto de Hernán Cortés, fraudes y engaños con los que la Iglesia ha sometido, somete y someterá a los más pobres. Con el pretexto de la virgen consoladora de los conquistados, la Iglesia los exprime más y más.
Con el guadalupanismo el pueblo mexicano exalta la humildad y la pobreza como virtudes, mientras el clero guadalupano es todo menos pobre y humilde. Esas supuestas virtudes, por cierto, no han catapultado jamás a un país hacia al futuro, y no lo harán con nosotros.
Ninguna divinidad ha sacado a un país adelante; es evidente que la Virgen no ha logrado sacar a México hacia el progreso, y tal vez sea porque esa no es su chamba. Pero México a veces parece que pretende dejarle toda la chamba a la guadalupana. La Virgen de Guadalupe formó este país en sus diversas etapas, pero la Iglesia y las elites se apoderan de ese culto y de la ignorancia para mantener el sometimiento. ¡México, la pobreza no es una virtud!
Podemos seguir el ejemplo de Juandieguito: ser humildes y chiquitos, ser pequeños y simples, así, poquita cosa. Ahora que es santo incluso podemos arrodillarnos ante él y alabar esas supuestas cualidades, venerar su pequeñez, su derrota, su ser conquistado.
También podemos cambiar de virtudes y querer ser grandes y orgullosos, ser nobles altivos y encumbrados…, podríamos venerar eso y aspirar a ello.
Han pasado siglos desde la llamada conquista, desde que el español sometió al indígena, y éste último jamás se ha liberado. No fue parte de la independencia ni le hizo justicia la revolución, y sin embargo encuentra consuelo en la virgencita que hace 500 años le impuso el llamado conquistador. Su madre amorosa que no lo deja salir de su regazo, y lo hace, por lo tanto, inútil.
Eso significa Juandieguito y eso se venera en su supuesta santidad. Ese mexicano es pequeño y se conforma con lo que es y con lo que tiene, sin aspirar, sin anhelar…, con la esperanza de la “otra vida” en la que todo será recompensa; y desde luego, donde se reunirá de nuevo con su eterna madrecita.
El mexicanito confía siempre en su madre celestial, que además lo quiere por ser pobre y humilde…, por ser conquistado. Así, con los ojos puestos en la Virgen de Guadalupe, el mexicano sigue inmóvil, reza, agradece lo que sea que reciba; agacha la cabeza, se somete. El mexicano espera, siempre espera; en México no pasa el tiempo. Ahí sigue la morenita del Tepeyac, observando nuestra eterna conquista; tal vez como la madre eterna, agradecida de que sus retoños nunca dejen el nido…, o tal vez ahí, muda desde su altar, desesperada de ver como sus hijos dependen eternamente de ella, que no se alejan, no maduran, no crecen, son eternamente niños y perpetuamente conquistados.
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