La fiebre del oro negro.

Por Enrique Sada Sandoval

En 1938 el régimen cardenista, los sindicatos, la prensa vendida y los intelectuales al servicio de la nómina lanzaron campanas al vuelo para celebrar la “nacionalización del petróleo”, elevando a los altares al entonces presidente como “autor de nuestra independencia económica”;y desde la embriaguez patriotera, todo indicaba que con la fiebre del oro negro se iba a escribir con bronce otro capítulo en la abultada mitología revolucionaria, como dogma: el de la expropiación petrolera a los extranjeros para beneficio de todos los mexicanos.
Hoy por hoy, en el marco actual del golpeteo por la llamada reforma energética es necesario confrontar realidades concretas para saber que es lo que en verdad se está jugando sobre la mesa del acontecer nacional, más allá de las cortinas de humo que nos presentan. Y qué mejor que cuestionar el mito de la expropiación desde el principio.
Para empezar, habría que señalar que el petróleo ya pertenecía a los mexicanos en virtud de la Constitución de 1917, que la expropiación en México se hizo por orden de Roosevelt—Cárdenas recibió el decreto desde Washington— para eliminar a la competencia británica(que detentaba el 60%) y holandesa en tanto los norteamericanos constituían minoría, y que lo único que se nacionalizó fue maquinaria e infraestructura en mal estado.
Ante el inminente estallido de la Segunda Guerra Mundial, “expropiar” a los estadounidenses era necesario para despojar a sus competidores ingleses, pero eso sí: comprometiendo el procesamiento del crudo exclusivamente en las refinerías del país del norte(pues el negocio radica en la refinación, no en la extracción). Desde entonces los mexicanos pasamos de dueños a ser clientes; esto es, como proveedores de materia prima, no de derivados, y con gasolina tan pésima como cara. Ya en el ámbito nacional, como únicos beneficiarios quedarían el régimen y el charrismo sindical, quienes monopolizaron el mito y la paraestatal, como sucede hasta la fecha.
Por eso es que hoy, al igual que en 1938, vemos nuevamente al gobierno, a los sindicatos y a las mafias de la partidocracia doblando las campanas—unos festivos, otros amenazantes—en torno a nuestra “soberanía energética” tal como sucedió con Cárdenas cuando pregonaban “nuestra independencia económica”, sin que la nación perciba beneficio alguno de ambas posturas. Razón de más para desconfiar de quienes después de haber lucrado con PEMEX como elefante blanco durante tanto tiempo, presumen todavía de patriotismo cuando nuestra economía sigue dependiendo de un recurso por agotarse y en tanto dicho recurso sigue siendo negocio para quienes nos venden nuestra propia gasolina…desde el exterior.
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