México es pobre con gente pobre

Por: Sergio Negrete Cárdenas

Twitter: @econokafka

Desde la infancia se nos enseña a flagelarnos. Porque México es un país privilegiado, excepcional, dotado por Dios o la naturaleza (a escoger) como pocos. Su forma, el cuerno de la abundancia, refleja esa promesa incumplida. Desborda riqueza, desde hídrica hasta petrolera. Cuestión de estirar la mano para recoger esos ricos frutos tropicales sin esfuerzo. País riquísimo, pero con millones de pobres.

Porque nos conquistaron. Esos barbudos que muchos presumen como antecesores (más cuando ello implica obtener un pasaporte español o explicar esa piel blanca tan valorada en nuestra sociedad clasista y racista) pero también envilecen. Porque se llevaron el oro y la plata y esclavizaron a los ‘mexicanos originales’.

Despojado, aplastado, México tuvo tan mal arranque que, 200 años después, no acaba por levantarse. Aparte nos cercenaron los gringos, que se robaron la mitad del territorio. Igual, pasados casi 170 años, el trauma nacional se mantiene, remachado en las escuelas mientras se enaltece enrollarse en la bandera y arrojarse al vacío.

Pero el mito de ‘país rico’ es eso: un mito. Porque México todavía se denominaba Nueva España cuando inició la Revolución Industrial que habría de marcar la verdadera diferencia entre riqueza y pobreza: la capacidad de transformar los recursos por medio de constantes avances tecnológicos.

Dejó de tener importancia contar con esos recursos naturales, como México, mientras se tuviera la tecnología y capital humano para transformarlos, creando un valor agregado otrora inimaginable, como hoy lo hacen, entre muchos otros, Singapur o Suiza.

La abundancia de recursos, precisamente, dio el pretexto para que aflorara el nacionalismo económico aparejado al político. Muy pocas décadas lleva México abierto a ese comercio e inversiones globales que tanto benefician.

Y ese nacionalismo también permitió a la clase política enaltecer una ideología estatista además de proteccionista. El petróleo, destacadamente, lo hicimos nuestro, tan nuestro que por décadas pagaremos su pésima administración.

Hasta hoy mantenemos esa mentalidad e instituciones que obstaculizan y castigan la creación de riqueza, esa noción que el emprendedor exitoso (aquellos que pierden su energía y ahorros en fracasos ni se cuentan) debe entregar al resto mucho más que empleos creados e impuestos.

Persiste una noción de justicia que clama por aplastar al que sobresale para que todos estemos medio parejos. Se mantienen esas élites políticas que buscan enriquecerse a costa del trabajo ajeno y perpetuarse con reglas que cierran el paso a rivales.

México es pobre y lleno de pobres. El mito de la riqueza sólo perpetúa el problema de no ver productividad y trabajo, y sobre todo el permitir trabajar, como la llave de la riqueza que emana del individuo a la colectividad. No hay perspectivas para salir pronto de ese mito y agujero, basta ver a los líderes políticos actuales y sus propuestas para el futuro.

Fuente: El Financiero

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