¿Por qué soltaron las bombas?

Por @JMZunzu
Juan Miguel Zunzunegui.
El 6 de agosto de 1945 el gobierno de Estados Unidos asesinó a 80 mil inocentes en diez segundos. Desde entonces hay una mentira recurrente que se nos ha contado para intentar justificar esa barbarie; la idea de la invencibilidad de los japoneses, de lo terrorífico, de su poderío y de que únicamente la detonación de las bombas atómicas podría haber terminado con la Segunda Guerra Mundial.
Hay dos mentiras aquí. La primera es simple: la Segunda Guerra Mundial ya había terminado meses antes, en abril, desde que los soviéticos tomaron Berlín, el 30 de abril cuando se suicidó Hitler, o el 2 de mayo cuando las autoridades provisionales se rindieron ante los rusos, para esperar todavía una semana a que llegaran los tanques estadounidenses que tanto aparecen en las películas como vencedores. La guerra había terminado. Sin bombas atómicas evidentemente.
En el océano Pacífico se libraba otra guerra totalmente distinta; la de Japón contra Estados Unidos, un conflicto que estalló con el ataque a Pearl Harbor, pero que se venía cocinando por lo menos desde 1898, cuando los norteamericanos se apoderaron de las Islas Filipinas, un conflicto relacionado con la expansión imperial japonesa, que chocó contra la expansión imperial norteamericana. Una guerra que nada tuvo que ver con la europea, donde el llamado Eje Roma-Berlín-Tokyo es un cuento para espantar niños, ya que los países de esas tres capitales jamás lucharon juntos ni establecieron estrategias conjuntas.
Desde marzo de 1945 Estados Unidos tenía aniquilado a Japón, quien ya había hecho acercamientos para buscar una paz honrosa, una paz que, por orden de los altos mandos estadounidenses, se fue postergando. ¿Por qué?, por una razón muy simple: aún no estaban listas las bombas atómicas y era necesario detonarlas. Es mentira que las bombas fuesen necesarias para acabar con la Guerra del Pacífico, al contrario, a Estados Unidos le urgía terminarlas antes de que la guerra concluyera y no pudieran entonces soltarlas.
Para entender esto hay que entender otra cosa: desde la primavera del 45, el gran enemigo de Estados Unidos ya no era Japón, país cada vez más débil, sino su aliado en Europa, Stalin y la Unión Soviética. Estados Unidos e Inglaterra habían sido aliados de los soviéticos por algo que resultó ineludible: eran los únicos capaces de derrotar a Hitler.
Pero una vez aniquilados los nazis, la Unión soviética se levantaba como una potencia vencedora con la intención de una revolución comunista mundial. Desde mayo de 1945 las tropas soviéticas, ya victoriosas en Alemania, comenzaron a dirigirse a Corea para colaborar contra Japón, pero en ese momento eran ya un aliado incómodo de Estados Unidos.
La bomba de Hiroshima fue detonada el 6 de agosto de 1945, justo el día en que los soviéticos iniciaban la invasión de Corea. Japón era un gigante caído, la Unión Soviética era uno en crecimiento. Las bombas fueron soltadas en Japón por ser el escenario de la guerra, pero estaban dedicadas a Iosif Stalin, el hombre de acero, el líder comunista que ya dominaba desde Alemania hasta el Pacífico, y al que los Estados Unidos querían detener.
La explosión atómica derrotó más a los derrotados japoneses, y frenó el avance de Stalin, quien ya trabajaba en una bomba atómica, pero que no estuvo lista hasta 1949. En ese momento tuvo que ceder. La bomba de Hiroshima no marcó el final de una guerra sino el inicio de otra; la confrontación de 45 años entre Estados Unidos y la Unión Soviética: la guerra fría.
Para agosto de 1945 varias voces, como la de Winston Churchill, el hombre que más odiaba a Stalin, o la de Douglas McArthur, el héroe de Filipinas, clamaban por continuar la guerra. Una vez derrotada Alemania y Japón, era momento de seguir la guerra contra el nuevo enemigo antes de que éste fuera un gigante más grande.
Y es hay que comprender lo más importante: la gran guerra mundial que duró casi todo el siglo XX, de 1914 a 1991 para ser exactos, fue la guerra por el dominio industrial del mundo. Desde entonces se nos cuenta un cuento de niños donde hay buenos y malos y afortunadamente los buenos siempre ganan. Los buenos soltaron bombas atómicas, son los únicos que lo han hecho, los buenos mataron 80 mil inocentes en pocos segundos por el dominio del mundo, los buenos son los creadores de nuestro mundo, que es un infierno, y aun así no cuestionamos su bondad.
Vivimos en el infierno de los ganadores de la guerra, en medio de la miseria pero con teorías de simulación y bondad, argumentando razones para matar y morir, justificando qué muertes valen la pena, a quién es lícito matar, dónde es válido soltar bombas, cuál genocidio es condenable eternamente y cuál es un daño colateral, haciendo discursos que hagan unos odios más permisibles que otros, y aferrados a la mentalidad de “ellos y nosotros” que es la causa de todas las masacres.
El 6 de agosto de 1945 el gobierno de Estados Unidos asesinó a 80 mil inocentes en diez segundos, y desde entonces nos cuenta y nos contamos discursos para justificar ese asesinato masivo que encumbró a aquel país como la gran potencia industrial. Eso fue todolo que cambió con la guerra, que en lugar de unos asesinos se encumbraron otros, que en vez del reinado del terror de Japón o Alemania tenemos el de Estados Unidos.
Unas cuantas elites empresariales, representadas por unas mafias llamadas Estados, se hicieron la guerra por el dominio del mundo y sus recursos…, las masas de millones se matan por dichos intereses, y los discursos ideológicos son suficientes para que dichas masas permanezcan amorfas y sin pensamiento propio. Religión,nacionalismo, sionismo, comunismo, islamismo…, diferentes nombres para justificarla misma barbarie.

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