Se los paso al costo.

Por @demonique_ 

Una vez más me han pedido clase de cultura mexicana ¡Menudo conflicto! La última vez que una alumna me pidió hablar sobre el tema, ingenuamente pensé en hablar de la gastronomía y la historia como referencia; no era lo que mis pupilos necesitaban saber. –Inserte emoji de desolación- Resulta que todas y cada una de las veces que se me pregunta al respecto, además de portar un dejo de frustración, lo hacen tras haber vivido en carne propia “la cultura mexicana”.
“No, no, lo que yo quiero saber es por qué siempre llegan tarde”, “… por qué toman dos horas para la comida, si tienen sólo una”, “… por qué comen después de comer”, “… por qué si hacen dos horas de camino a su trabajo, donde además ganan muy poco, son felices”, “…por qué sus familias quieren decidir todo sobre ustedes”, “… por qué hay tanta corrupción”.
Para ese punto mi cara ya había caído tres metros de vergüenza. Mis alumnos no entienden cosas tan básicas como por qué los mexicanos no quieren pagar sus impuestos ¡Santísimo! Acabo de escribir cosas básicas, como si se tratara de algo totalmente normal para mí –y sí, pues-. Es interesante conocer la perspectiva de personas que no comparten mi nacionalidad, posarme un poco en sus zapatos y mirarnos desde sus ojos.
Dos de mis alumnas están por casarse, una de ellas con un chico de su nacionalidad y la otra con un chico mexicano –música gótica de fondo-, ayer me reuní con la última, desde que comenzamos me pidió 20 minutos al final de la clase para hacerme algunas preguntas sobre la vida en México –lo sospeché-. La pobre estaba aturdida, “¿Para qué le van a llamar trabajo, si la gente no trabaja?” Me contaba que había tenido una semana muy pesada porque sus colegas no logran jamás entregar sus deberes a tiempo, sus palabras empapadas de frustración me narraban que estos sujetos pasaban todo el día en facebook y que le era agotador tenerles que decir expresa y puntualmente cómo debían hacer sus actividades todo el tiempo. “Están flojos” me dijo, después de hacer la corrección, traté de explicarle un poco cómo funcionaban nuestros chips –me hubiera encantado echarle la culpa al infeliz programador que diseño nuestro/su software-. Pasamos al plano familiar, la Neoyorkina no comprendía por qué los padres de su novio –de 34 años- debían escoger las bebidas que se darían en su boda y encima opinar sobre los invitados “Ellos creen que es su fiesta, pero es mía” de nuevo tuve que explicar. Puedo mirar un contraste diferente cuando mi otra pupila me cuenta sobre los preparativos de su boda, pero, como ella siempre me dice con un gesto de vergüenza –por no ofenderme- “Es cultural”.
Tengo otro alumno alemán, que ya no sé si me da risa o ganas de llorar, él dice que le gusta México porque acá puede pasarse los altos y manejar a exceso de velocidad y no pasa nada. Aunque también se queja mucho de la flojera de sus empleados –en realidad a todos mis alumnos les impacta que seamos tan perezosos- Otro chico, de nacionalidad Suiza, es quien me comentaba su curiosidad por la gula del mexicano “Comen después de comer” dijo, le parecía risible que todo el tiempo tengamos hambre y dolor de estómago simultáneamente. Compara con Suiza, describe una mejor calidad de vida pero la infelicidad de sus paisanos, por eso le gustan los mexicanos.
En general, todos se quejan del tráfico: italianos, londinenses, franceses, neoyorkinos, alemanes, suizos; dicen que es la ciudad con más tráfico que hayan visitado en todo el mundo. A la mayoría al llegar, el banco o la compañía de telefonía móvil les adjudicaron algún producto sin su conocimiento al notar que no comprendían bien el español.
A veces no sé qué decirles, tengo muy normalizado lo que ellos encuentran absurdo o frustrante. La lección más grande me la dio una chica francesa: le comenté que podía recuperar el I.V.A. que pagaba en sus productos por ser extranjera, me dijo que no, que era la única forma que tenía de cooperar con algo. Ella viaja mucho, compra cuanto producto nacional se atraviesa en su camino, dice que la hace feliz saber que está generando trabajo para los mexicanos. Incluso, prefiere rentar en un barrio caro, para dejar opciones más económicas a los mexicanos que no tienen las mismas posibilidades.
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En algo tienen razón los malinchistas: los extranjeros son más bonitos… más bonitos de sus buenas intenciones, a veces.
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